Hace ya varios días cayó en mis manos un nuevo libro. Nuevo para mí, claro. El libro es un compendio de fragmentos de otros textos, de esos que se te quedan grabados, de esos que relees, o como dice la contraportada, "pasajes en los que la lectura se detiene y la mirada se alza del libro".
Comencé ayer a leer El silencio creador, de Federico Delclaux, y hasta el momento nada de lo que he leído me ha dejado indiferente.
Escribo aquí un fragmento; no será el último.
¡Adentro!
La verdad, habríame descorazonado tu carta, haciéndome temer por tu porvenir, que es todo tu tesoro, si no creyese firmemente que esos arrechuchos de desaliento suelen ser pasaderos, y no más que síntoma de la conciencia que de la propia nada radical se tiene, conciencia de que cobra nuevas fuerzas para aspirar a serlo todo. No llegará muy lejos, se seguro, quien nunca se sienta cansado.
De esa conciencia de tu poquedad recogerás arrestos para tender a serlo todo. Arranca como de principio de tu vida interior del reconocimiento, con pureza e intención, de tu pobreza cordial de espíritu, de tu miseria, y aspira a lo absoluto si en lo relativo quieres progresar.
No temo por ti. Sé que te volverán los generosos arranques y las altas ambiciones, y de ello me felicito y te felicito.
(...)
Me dices en tu carta que, si hasta ahora ha sido tu divisa ¡adelante!, de hoy en más será ¡arriba! Deja eso de adelante y atrás, arriba y abajo, a progresistas y retrógrados, ascendentes y descendentes, que se mueven en el espacio exterior tan sólo, y busca el otro, tu ámbito interior, el ideal, el de tu alma. Forcejea por meter en ella al universo entero, que es la mejor manera de derramarte en él... En vez de decir, pues, ¡adelante!, o ¡arriba!, di: ¡adentro! Reconcéntrate para irradiar; deja llenarte para que reboses luego, conservando el manantial. Recógete en ti mismo para mejor darte a los demás todo entero e indiviso. "Doy cuanto tengo", dice el generoso; "Doy cuanto valgo", dice el abnegado; "Doy cuanto soy", dice el héroe; "Me doy a mí mismo", dice el santo; y si tú con él, y al darte: "Doy conmigo el universo entero". Para ello tienes que hacerte universo, buscándolo dentro de ti. ¡Adentro!
servido por susurrosdeluna
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El otro día descubrí gracias a los foros de una página que frecuento, esta simpática página en la que un tipo, Jorge Prieto, ha publicado traducidas las historias de otro tipo que se hace llamar AB3 (Al Bruno III). Los relatos están actualizadas y no sé si pondrá más, pero ojalá lo haga.
Se trata de historias roleras disparatadas y divertidas protagonizadas por unos jugadores un tanto peculiares (El disgusto, el Pervertido, el Capullo, Psicópata Dave...), que estoy segura harán reir a todos los amantes del rol o al menos, a aquellos que conozcan este tipo de juegos.
Espero que os riais tanto como yo lo he hecho ^^.
Las historias de AB3
servido por susurrosdeluna
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No era la primera vez que se veían. Sin conocerse, sin
hablarse, tan sólo sus intensas aunque tímidas miradas participaron en el
juego. Ella lo encontraba tan lejos y a
la vez tan cerca…
Uno frente a otro, permanecerían separados, hasta que el
semáforo se tornara verde.
… y fue en ese momento cuando algo cambió. Sus miradas se
cruzaron y por sus mentes pasaron todos los momentos en los que habían tenido
oportunidad de hablarse y no lo hicieron, los momentos en los que pudieron
conocerse y los dejaron pasar. Se dieron la espalda y siguieron su camino, sin
hablarse, sin girarse, sin volverse a mirar. Se alejaron pensando en su próximo
encuentro, tal vez sería esa noche, ojalá fuera esta noche…
servido por susurrosdeluna
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En un curso que realizaba de escritura creativa, leimos un día este fragmento del libro Un mundo Peligroso escrito por Felipe Benítez Reyes. De vez en cuando me viene a la cabeza este pequeño relato, en el que se dice tantoen tan poco. Por eso, quiero ponerlo aquí y compartirlo.
Pocas palabrasque resumen tres vidas.Simplemente fascinante.
La Soledad
Lo remata la cabeza de un caballo encrespado, con su agitada crin y su relincho congelado en la plata.
Perteneció a mi abuelo. Lo tenía sobre la mesa de su despacho y con él abría los sobres certeramente, con limpieza de maestro de esgrima: el papel sufría una herida invisible. Cuando hundía la hoja en el sobre, la cabeza de caballo parecía cabalgar como una figura de guiñol.
A la muerte de mi abuelo, el despacho lo ocupó mi padre. El abrecartas no lo utilizaba: una secretaria le presentaba cada mañana la correspondencia ordenada en una carpeta.
A la muerte de mi padre, no pude ocupar su despacho, pero me traje a casa el abrecartas. Yo quisiera utilizarlo tan hábilmente como mi abuelo. Cada día acaricio la cabeza de plata de la bestia.
Desde hace años espero alguna carta para ir practicando.
servido por susurrosdeluna
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